artículo – Ancho mar de los Sargazos

Hace algunos meses participé en el proyecto “La novela de tu vida” de la mano de Care Santos. Escribí sobre Ancho mar de los Sargazos, la hermosa novela de Jean Rhys.

“Siete u ocho años es un tiempo demasiado largo para cualquier cosa. Lo es para dedicarlo a la escritura de un solo libro. En cierta época de estos siete, ocho años, Jean Rhys, o Ella Williams, bebía una botella de güisqui cada día. “Las vacas me observan”, escribía en cartas a sus amigos desde el bungalow en el que vivía en Cornwall. Con esta novela entendió finalmente que escribir era lo único que le importaba, para lo que existía; dicha revelación llegaba demasiado tarde, igual que el éxito tardío que supone la propia Ancho mar de los Sargazos. Las interferencias de una vida marcada por la pobreza, la enfermedad y la vejez, se interponen. La escritura interrumpida por el cuidado de un esposo impedido, las labores de la casa, sus propios achaques de anciana. El éxito que llama a la puerta con décadas de retraso como no podía ser más apropiado para una paria, una marginada, que narró mejor que nadie a estos raros y heterodoxos.
La historia de la primera Mrs. Rochester es de una belleza hiriente, sensual y desgarrada. Se trata de escritura que despierta los sentidos. Todo es intenso, de todo participamos. Olemos el aroma mareante de las flores, saboreamos las bananas hervidas, nos sentimos perturbados por la contemplación de las montañas púrpuras que se imponen sobre la casa. La sensualidad extrema de este mundo nos hace sentirnos mareados. Todo es excesivo. Es un mundo hostil y peligroso, donde nos sabemos decididamente extranjeros y permanecemos alerta. Una naturaleza cuya extremada sensualidad resulta ajena, y que asemeja un laberinto invisible (no disimilar al que será la enorme Thornfield Hall), pesadilla más que sueño, donde las misteriosas flores, que nacen para morir al día siguiente, revelan la cualidad efímera y desolada de toda belleza. Intuímos algo terrible, que permanece agazapado, oculto, detrás de este delirio. Esta atmósfera gótica, sutilmente trazada, impropia del escenario tal vez, está presente no solo en la magia obeah como línea argumental, sino en la propia prosa de Rhys, precisa y objetiva en su desgarro, que aliena a un personaje del otro, en los personajes secundarios que a su vez los vigilan y espían, haciéndolos sentir prisioneros, en la naturaleza demasiado hermosa pero incomprensible y terrorífica, en la sugerencia continuada de razones ocultas, secretos terribles, la muerte y la locura, avanzando por corrientes subterráneas de dolor, de nostalgia y de ausencia.
Antoinette, Bertha, no es muy distinta a las hermosas heroínas de Rhys, mujeres incomprendidas que se “escurren” por los márgenes y se quedan apartadas, empujadas hacia la soledad, la locura, y que, como la propia Ella, habían sido desposeídas de sus patrias y de sus raíces por el sueño de una Inglaterra que no resulta más que tinieblas, humo gris. Y así se quedan a la deriva en un mundo en el que todo resulta feo, incluso la belleza. La posibilidad de la locura gravita sobre la obra de Rhys, plagada de heroínas basadas, por supuesto, en su propias experiencias. Antoinette, o Bertha, comparte al fin el mismo destino que el resto de todas ellas: su vida concluye encerrada en una sórdida y fría habitación, controlada por un hombre que no la ama, en una Inglaterra que empezó siendo un sueño para convertirse en la peor de las pesadillas. El exceso sensorial no ha sido sino una trampa que nos ha conducido a la más absoluta desolación. Experimentamos el terror más primigenio de todos, el terror a no ser comprendidos, a que no nos entiendan, a no ser escuchados. “He procurado que comprendieras”, dice Antoinette, “Pero nada ha cambiado”. Terror a que no sirvan las palabras. Y a que nos cambien el nombre, de Antoinette a Bertha, privándonos de nuestro bien más sagrado, un conjuro más antiguo que el tiempo. Terror, por último, a que nos metan en un cuarto oscuro, como niños que se han portado mal, y a que alguien tire la llave, y se olvide de nosotros.”

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