reseña – Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina, Ludmila Petrushévskaia

Ludmila Petrushévskaia, Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina, Atalanta, 2011. Traducción de Fernando Otero.
La débil frontera que media entre la pesadilla y el sueño es el espacio que ocupan estos relatos de Ludmila Petrushévskaia. Sus personajes transitan territorios de irrealidad, áreas limítrofes entre la muerte y la vida, el Reino de Tres Veces Diez de Afanásiev, suerte del Otherworld irlandés en la mitología rusa. Vivos y muertos se desplazan por esta tierra de nadie entre lo mortal y lo inmortal, entre la locura y la cordura, a la que uno de los relatos se refiere como “esa zona de sombra de la vida de la que tanta gente no regresa jamás”. El espacio adopta visos de realidad impostada: edificios de apartamentos, casas en mitad del bosque, hospitales, transmutados en territorios que demarcan la “irrealidad” de la realidad rusa, convirtiendo los relatos en la cartografía precisa de un país configurado por estas zonas imposibles y peligrosas, imprevisibles, en las que la diferencia entre la vida y la muerte resulta igual de aleatoria. Y es precisamente dicha aleatoriedad la que posibilita la confluencia de ambos mundos, la debilitación de sus fronteras, revelándose como estados cómodamente hermanados entre sí. Recreación esmerada de cuentos tradicionales con tintes de oralidad y folklore, en ocasiones terroríficos o crueles, los ayudantes mágicos que Propp identificara aparecen encarnados en los familiares fallecidos, las madres desaparecidas, las hermanas perdidas. Plagas bíblicas, un Jesucristo que regresa en la forma de un mendigo moscovita, encuentros providenciales con espectros que nos guían, protagonistas que no saben a que lado de la frontera pertenecen, si están muertos o vivos. Es imposible no leer estas caracterizaciones como una alegoría de las vidas a medias de las que Petrushévskaia ha poblado la Rusia del resto de sus obras, como es imposible no interpretar el elemento fantástico como resultado directo de los surrealistas parámetros del exceso que rigen la existencia rusa, el sufrimiento, la absurda y casi fortuita burocracia, la escasa importancia o diferencia entre lo bueno y lo malo, entre la muerte y la vida. Ya en su novela Tiempo de noche, publicada en castellano, la autora radiografió la sordidez y el egoísmo enquistadas en el alma de la familia, inevitables ante un cúmulo inaudito de privaciones y horrores que la han erosionado durante un siglo veinte ruso imposible. En lugar de optar por el realismo, la novela sin embargo lo une todo con la argamasa de una delicada poesía del absurdo, una suerte de “monólogo interior” compuesto por la protagonista en cuadernos de ejercicios viejos, trozos sobrantes de papel, en cualquier lugar que encuentra, precisamente porque no tiene a quien contarle nada. La narración, febril y de intensidad extraordinaria, va enroscándose hasta alcanzar una especie de nirvana en el que el lenguaje poético y la incredulidad en la realidad del día a día, vodevil del absurdo y del sufrimiento, dan cabida a un espacio limítrofe con la fantasía, capaz de explicar la dolorosa lógica de la vida rusa mejor que el propio realismo. No resulta difícil de entender por lo tanto que durante la mayor parte de su vida la autora haya sido objeto de censura en su país. Pieza clave para entender la escritura femenina rusa actual, una de las autoras más leídas de Rusia, poeta, dramaturga y prosista de excepción, Petrushévskaia merece despertar el interés global, y la selección que nos ocupa ha sido concebida como una acertada carta de presentación a occidente –algunos de los relatos aquí recogidos dieron el primer salto directamente desde Rusia a The New Yorker. Compuesta por relatos de diversos libros y de distintas épocas, la colección resulta una aproximación excelente al universo de una autora que se sirve de la fantasía para denunciar una realidad que ha superado todas nuestras expectativas de horror. Nadie que lea estos cuentos quedará indiferente ante la poesía de la sordidez, del desamparo y de la soledad, que para la autora constituyen una segunda piel, una verdad inevitable. La exquisita edición española constituye una alegría a sus lectores por partida doble. No sólo podemos disfrutar al fin de estos cuentos en versión castellana, sino que la inteligente y cuidadosa traducción de Fernando Otero no pierde ni un ápice de la deliciosa ambigüedad del lenguaje de Petrushévskaia, a la par seco y expresionista, tan calculado y justo como poético, algo que la edición inglesa, salpimentada con diversos errores de comprensión, no logra. Es muy de agradecer y debe destacarse la continua excelencia de los traductores eslavos en nuestro país, así como el cuidado que caracteriza a las editoriales independientes en cuanto acometen. Un libro inquietante y evocador, que estremece como los mejores cuentos de hadas de la infancia, un bocado de exquisiteces que por fin podemos degustar en una edición que le hace justicia.

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