reseña – El libro de las maravillas



EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS. CUENTOS ASOMBROSOS

Lord Dunsany, Ed. Alfabia, 2009
“Hay que comenzar explicando que la fantasía a veces no es más que esa hermana pequeña a la que consentimos, imposible de presentar en sociedad. Su puesta de largo se pospone de manera indefinida y, al igual que ocurre con Donna Noble y su parásito escarabajeroen aquel episodio (mítico ya) de Doctor Who, es algo que se cuelga de nuestra espalda e ignoramos, y que negamos tres veces, aterrados por la reacción de otros escritores y lectores más cool que nosotros, más serios, más inmersos de lo que nunca lo estaremos en una modernidad literaria algo endogámica y muy mal entendida. Porque ¿qué hay más cool que Borges, que Lovecraft? ¿Qué más moderno que los relatos de “interioridades” que nos proponía Félix Palma ya en los noventa, desnudando aquellas ansiedades que estructuran este neurótico mundo que habitamos? ¿Qué puede ser mejor lectura para la playa o la piscina que una novela gótica de seiscientas páginas? Pruébenlo; dejen de lado su crimen nórdico de turno y sumérjanse en Manuscrito encontrado en Zaragoza, cuya laberíntica adaptación cinematográfica de Wojciech Has, se nos dice, era la película preferida de Buñuel (laberintos invisibles, por cierto; borgesianos).
            En su ensayo sobre Lovecraft, Michel Houellebecq comienza dejando bien claro que el escritor ejerce sobre él “une attraction étrange, contradictoire avec le reste de mes goûts littéraires”. ¿Por qué esta necesidad de explicarse? ¿Acaso una novela cuya trama se sustenta sobre la clonación no bebe, en cierta medida, de fuentes fantásticas? ¿Y si decimos que es una novela sobre la desesperación e imposibilidad de la evolución “normal” del género humano? ¿Recuerda a algo? Pero incluso el enfant terrible no puede evitar dejar clara su singular posición como seguidor del genio de Providence, con una frase a mi parecer poco acertada que nos deja un regusto de decepción y sorpresa.
            Necesitamos de la fantasía. La fantasía gestiona muchas de nuestras ansiedades (Bruno Bettelheim ya lo sabía); la fantasía nos permite elucubrar situaciones y mundos en los que podamos reflexionar sobre el nuestro (la “experimental chamber” de la que hablara Tolkien); la fantasía nos permite traer a un armazón “literario” temáticas y reflexiones sutiles y no tan sutiles sobre qué nos pasa y por qué debemos disculparnos por leer a Lovecraft (esto lo saben escritores tan “literarios” – y tan cool, por cierto– como David Mitchell); se nos repite y repite que algunos de sus sub-géneros se han utilizado a lo largo de la historia para “aleccionar”, pero nadie nos cuenta que muchas de estas narraciones contenían un elemento subversivo de lo más sano (esto lo sabe sin duda el experto en cuentos de hadas Jack Zipes, que a su vez explicó como lo sabían Oscar Wilde, George MacDonald o el autor del mago de Oz). La fantasía sirve para muchas cosas, pero no queremos permitirle que respire con la libertad que se merece en nuestros anaqueles privados; colocamos a Philip Roth en lugar prominente, y nos olvidamos de que también exploró las posibilidades de una historia alternativa (igual que si hubiera escrito un pastiche steampunksobre los caminos posibles de la historia americana del siglo veinte). Y en nuestro país la situación es incluso más extraña e incongruente, porque reverenciamos a Cortázar, sabemos del realismo mágico (aunque circunscrito a América Latina y Salman Rushdie, of course…), y tenemos la suerte de contar con una nueva generación de cuentistas y escritores que han perfeccionado una prodigiosa marca de fábrica de deliciosa factura, en la que el elemento discordante arremete contra la vida ordenada de nuestro mundo, revelando sus muchas y nutridas grietas. Estos escritores, además, tienen el mérito de haber sido capaces de “colarse” en las clasificaciones literarias que carecen de sanbenito, en la literatura “literaria” de redundante etiquetilla, alcanzando aquello que a mí me parece el estado más perfecto de simbiosis e intercambio de fluidos entre lo fantástico y la literatura, una metamorfosis necesaria a todas luces.
            Y este proceso empezó hace mucho ya, y Lord Dunsany fue parte de ello. No sé si para publicarlo hay que ser un iluminado; desde luego que hay que ser un editor visionario, tanto o más que el autor. No me gusta hablar de libros “necesarios”, pero hay obras que es un escándalo que no podamos disfrutar en castellano. No todos podemos, o queremos, leer en inglés, o en francés, o en alemán, etc etc. En Lord Dunsany encontraremos tantos ecos de escritores que dejamos de prestarle atención al fenómeno. Entre sus páginas se pasean como si nada y damos los buenos días a Tolkien, C.S. Lewis, Neil Gainman; pero también hay ecos insospechados y sorprendentes, de escritores “literarios” como Chesterton, Borges, Richard Hughes, John Gawsworth, David Garnett, e incluso Lawrence Durrell. Pero no nos equivoquemos: Lord Dunsany no es el “reflejo” de estos autores, sino más bien el espejo oscurecido sobre el que todos se asoman, el nexo de unión entre muchos imaginarios que hemos conocido de formas dispares, y que ahora al fin somos capaces de relacionar entre sí, saboreando su fuente primigenia. Dunsany es de los primeros escritores que supieron aunar lo maravilloso y “nuestro” mundo (junto con Yeats o Kipling), alentado a que la fantasía se bifurcase por caminos insospechados, justo hasta colarse en nuestro salón. Denostando recursos algo más obvios, como los mundos paralelos de Lewis, se nos muestra un Londres, o un Kent, más real que el que conocemos si cabe, puesto que los reinos fantásticos que se cruzan por sus calles (la ciudad mágica a la que nos asomamos a través de una ventana instalada en una calle cualquiera; el visitante inesperado de la señorita Cubbidge; las espirales de mármol de una ciudad oriental en mitad de un páramo) no sirven sino para destacar la insuperable tristeza y desconsuelo que nos queda a aquellos que habitamos las calles grises, mustias y decepcionantes en las que sabemos que nunca seremos raptados por un dragón, que si salimos de la capital inglesa en dirección norte jamás daremos con la Ciudad Xi, oculta en las colinas de Surrey, o que sospechamos que un anticuario en concreto nos daría indicaciones para irnos de vacaciones a los Confines del Mundo, pero solo si lográsemos dar con él en mitad del laberinto de nuestra existencia desangelada.
            Se le acusa de lenguaje ornado, de exageración; incluso Ursula Le Guin lo hizo. Pero no nos olvidemos de la tradición gótica, con su orientalismo exacerbado, sus frases y su terminología; y es justo decir que no todos los escritores tienen tan buen tino como la autora para nomenclatura acertada, tan bella como extraña. No obstante, todo se le perdona al escritor que más influyó en el estilo de Lovecraft. Lo que Le Guin no parece tener en cuenta es la capacidad para el humor del autor, que lo pone por encima incluso de su más famoso pupilo. Y hay mucho más aquí, aunque contarlo me obligaría a empezar una tercera página. Me contentaré con una última idea: un Coleridge (el del “Kubla Khan”) romántico, un visionario, nacido o bien más tarde de lo que debió, o antes de la época apropiada. Pero a todas luces a destiempo, como suele ocurrirle a los grandes maestros de la literatura.”
artículo aparecido en la revista KOULT.

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