reseña – Azul ruso

AZUL RUSO, de Patricia Esteban Erlés. (Páginas de Espuma)
“Azul. Ruso. Piroquinesis. Funeraria. Muñeca. Héroe. Cadáver. Novia. Gary Cooper. Emma Zunz. Gato. Fin del mundo. Zapatos. Champán rosado. Parque de atracciones. Adivina. Gemelas. Siamesas. Nieve. Runäehiemi. Finlandia. Rusia. El zar y la zarina. Colofón. Podría parecer que la lectura del nuevo libro de Patricia Esteba Erlés es parco en impresiones. Pero no se llame el lector a engaño, Azul Rusose encuentra ricamente habitado. Las palabras anteriores enmascaran universos enteros por los que trasteamos casi de puntillas, con el alma acongojada y en estado perpetuo de dicha.
            Todos sabemos que, en ocasiones, el escritor de relatos trabaja en la creencia de que la profusión de elementos otorgará abismos inexistentes a sus obras, cuando en realidad se unen para producir sensaciones superficiales y olvidadizas. En otras, sin embargo, un número reducido de objetos poéticos y metafóricos convierten la narración en una exploración de sensaciones profundas y perdurables. Es el caso del escritor como miniaturista, que ha crecido dentro del gabinete de curiosidades pero ha sabido trascenderlo hacia el universo posmoderno y paralelo de nuestra psyche en el que somos conscientes de que nada es lo que parece, y donde las certezas sugeridas por el afán burgués de la explicación de todo se revelan como mustias fabricaciones de cartón piedra. Ya desde sus anteriores obras, Patricia Esteban Erlés se ha definido por pertenecer a este segundo grupo.
            La distinción es necesaria: no hay que confundir el gusto atávico por lo insólito, por el efecto, con la literatura. A menudo, ciertos recursos resulta tan interesantes en sí mismos que el lector olvida indagar en las corrientes abisales que, en nuestro caso, convierten las páginas de Azul Ruso en un poderoso estudio sobre la desazón, la soledad y la tristeza existencial, con Malraux como eje vital, pero Buñuel como referente estético. Erlés construye cuentos clásicos renovados con las nuevas y poderosas energías de la posmodernidad. Y lo hace sin alienar al lector, atrayéndolo a su terreno, universo extraño de seres que tratan de ser imposiblemente normales. Más que el extrañamiento dentro de lo cotidiano, que suele ser el caldo de cultivo preferido de numerosos cuentistas, en los relatos de Erlés esa seguridad de lo reconocido, a pesar del elemento disonante, desaparece: muchos de sus relatos buscan lo cotidiano dentro de un mundo insólito. Huelga decir que los personajes que los habitan se encuentra abocados el fracaso.
            En sí mismo esto supondría ya una razón por la cual los aficionados a los relatos no deberían perderse este libro: Erlés destaca entre sus contemporáneos por efectuar con maestría esta sutil “vuelta de tuerca” en su construcción de los cuentos en sí, donde una cuidada arquitectura de elementos finitos pero intensos, como salidos del pincel de un creador de camafeos, se sustenta sobre una sólida ingeniería de referencias literarias y culturales que recorren una distancia casi infinita. Evocativas comparaciones y metáforas se conjugan con ecos sorprendentes —Freaks; la piroquinesis, prima hermana de Dickens y de su Casa Torcida; o bien esa melancólica Circe que Erlés transforma en “borgesiana”, y que con suma indolencia va ofreciendo a cada hombre que cruza el umbral de su morada el encuentro con su destino— todo ello evocando a un tiempo una suerte de atmósfera que se nutre de las películas en blanco y negro, la serie B, los cómics o el relato de fantasmas, como siempre reinscritos en permutaciones originales y atrevidas. Los matices son ricos, la sensaciones poderosas, dejándote el regusto amargo en la boca de esos cuentos tremebundos de antaño con moraleja incluida, y en cierta medida Erlés es la heredera de esa tradición relatora del placer de lo perturbador que tal vez nos persiga desde la oralidad cuentística de las hogueras. Esta mixtura, que parecería inviable en otro escritor, la efectúa Erlés con pulso firme, y sin duda sorprenderá al lector que no esté familiarizado con el resto de su obra. De la edición poco hay que decir: los libros de Páginas de Espuma son hermosos por dentro y por fuera. Destacar el relato “Azul Ruso” del título, ejemplo perfecto de la distinción con la que se iniciaba esta reseña: con una poderosa restricción de elementos que aplaudiría Goethe, el relato en sí es tan intenso y profundo como una novela, y se concluye el cuento con la equívoca impresión de acabar de leer una. Dicha intensidad casi milagrosa revela a la perfección el poder de creación de “museos imaginarios” por parte de Erlés; Rusia no aparece, por ejemplo, y el Azul Ruso del título es una referencia gatuna; pero su sombra planea sobre el libro, y uno lo cierra con la impresión de haberse recorrido las estepas en el Transiberiano, sorbiendo té y meditando sobre las almas eternamente melancólicas de sus habitantes. El azul es el frío nexo de la desazón, del extrañamiento, del olvido, de la ausencia. Terminas el libro. Lo cierras. Sostienes el aliento de congoja, y crees haberte pasado la tarde recorriendo la versión posmoderna de un gabinete dieciochesco de curiosidades que ha mutado tu concepción del mundo. Y eso es la literatura.
artículo aparecido en la revista KOULT.

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